Revolucionaria propuesta para modernizar la apicultura

Se propone desarrollar explotaciones bajo el rótulo de "predio preferentemente apícola", con un radio de separación de otras colmenas, y la plantación de especies autóctonas melíferas, como quillay o acacio. Para eso se requiere de una potente estrategia de fomento a la actividad. Ello permitiría proteger a las abejas y aumentar la producción de miel.

El tema quedó instalado por la aparición de tres proyectos surgidos en el Congreso. Dos mociones que plantean discutir una ley apícola que regule esta actividad salieron del Senado y, otra, de la Cámara de Diputados.

Curiosamente no nacieron por iniciativa de los productores y sus organizaciones, ni tampoco desde el Gobierno.

Fue más fuerte el que las abejas estén amenazas y disminuyendo a nivel mundial, por diversas razones, entre las que están la acción de pesticidas y por el cambio climático, junto con su polémica relación con los cultivos transgénicos, lo que dio impulso a los legisladores que quisieron proteger la producción nacional de las amenazas internas y externas.

Si bien las iniciativas parlamentarias -que luego se fundieron en una sola- fueron bien acogidas a nivel productivo y de investigadores, se cuestiona que, en general, tengan un enfoque más bien regulatorio y que no se destaca en ellas un afán por desarrollar al sector.

Frente a esas iniciativas la acción estatal la labor del Ministerio de Agricultura ha sido apoyar con sus equipos técnicos la tarea de fusionar los textos.

Así, por ejemplo, en la última reunión de la Comisión Nacional Apícola, de diciembre de 2015, que dirige Odepa, se analizaron temas como el seguro apícola, que se concretará en 2016 con un piloto; el estudio de una estrategia apícola nacional, una campaña nacional de consumo y la profesionalización y modernización de la apicultura.

Ante las diferentes discusiones, el ingeniero agrónomo e investigador apícola Enrique Cortés Maturana insiste en la necesidad de avanzar con una ley que contenga estos aspectos regulatorios, pero recalca que debe incluir también un decidido acento en promover la actividad.

El experto enfatiza que con acciones adecuadas se podría multiplicar la producción actual, la que, dice, es decreciente por la falta de incentivos y que ello, además, está impactando en el número de productores y de abejas.

"Se exportan menos de 8.000 toneladas y antes eran más de 10.000, además ha disminuido el parque nacional de colmenas y el número de apicultores", señala.

Recalca que además Chile tiene condiciones excepcionales para la apicultura. Por una parte, la rica y abundante flora nativa y endémica del país -"incluso superior a Argentina, que produce cuatro veces más miel que nosotros"- es el origen de mieles de la más alta calidad. A ello se agrega un clima mediterráneo y una geografía que, por sus características de extensión y altitud, permite que una misma especie tenga una floración con desfase de 15 a 30 días y poder hacer dos o tres cosechas, lo que es muy bueno para una explotación trashumante intensiva, plantea Cortés. Todo en un aislamiento geográfico que ayuda a mantener la inocuidad del producto y la sanidad del material biológico.

Además, incentivar la producción significaría darles una salida a cientos de pequeños agricultores de cultivos anuales de chacarería, cereales y cultivos industriales o viñateros que están con problemas productivos y de bajísima rentabilidad y que no tienen alternativas de sustitución. Cortes recalca que, con apoyo estatal, ellos podrían mejorar sus ingresos a través de la producción de miel, lo que les permitiría generar sobre el millón de pesos por hectárea.

"Esta es una muy buena alternativa, que tiene seguridad de mercado, baja inversión y mínimos costos anuales de operación", indica.

Ello sin considerar que además la explotación apícola generaría trabajo directo e indirecto a microempresarios, técnicos y ayudantes apícolas, entre otros.

Apicultura agropecuaria

Sin embargo, concretar esas posibilidades significa mirar a la apicultura de una manera distinta y pasar de una silvestre, como la actual, a una pecuaria, es decir donde se planten especies melíferas, pensadas para que las abejas generen miel, tal como un ganadero cultiva una pradera para sus animales, plantea el especialista.

Precisamente eso no está en las nuevas propuestas legislativas, que debieran considerar, por ejemplo, la protección de las áreas destinadas a esto.

Ante ello, Cortés plantea que la futura ley debiera diferenciar claramente una zona apícola silvestre de una preferentemente apícola -donde se cultivaría flora melífera para la explotación de colmenares- y debiera entregarle un estatus legal a esta última. Plantea que estas zonas agrícolas preferentemente apícolas debieran contar con un área de protección, regulada por el Estado, donde exista la prohibición de establecer colmenares en predios vecinos que no tengan esa calidad. Esto con un radio de tres kilómetros de protección.

La apicultura agropecuaria permitiría planificar las especies botánicas melíferas para exportación directa y así Chile podría crear un nicho de mercado de mieles monoflorales de alta calidad.

"Esto se sale de lo tradicional ciento por ciento y abre un mercado inmenso de miel de calidad, porque si yo pongo un bosque, por ejemplo de quillay o acacio, se pueden producir mieles varietales, con denominación de origen y se pueden unir producciones para generar mercados estables", señala Enrique Cortés.

Agrega que así se producirían volúmenes exportables de mieles tipificadas de nuestra flora nativa endémica, que nunca se ha podido dar conocer comercialmente como oferta exportable, precisamente por ser de pequeños volúmenes y producción variable, aparte de una difícil trazabilidad y pureza.

Para el experto la zona agrícola preferentemente apícola podría darse en las cerca de 560 mil hectáreas del secano costero con vocación agrícola, desde la IV hasta la IX Región; y en las áreas agrícolas de cultivos anuales tradicionales, que van desde la IV a la XI Región, que tiene alrededor de un millón 300 mil ha en el valle central, bajo o susceptibles de riego.

Entre las ventajas está que además permitiría a Chile disminuir su huella de carbono, al plantar nuevos bosques melíferos.

Para las zonas apícolas silvestres tradicionales -es decir sin cultivos específicos- sugiere autorizar el uso del Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado para la apicultura, lo que significaría ampliar a 135 mil ha más las disponibles, solo si el 1% tuviera disponibilidad apícola. Dice que también existe la posibilidad de incorporar a la producción a predios privados de precordillera que hoy no explotan la apicultura en áreas protegidas por plan de manejo y que tampoco reciben beneficio de la explotación por terceros.

Sin embargo, dado que esto involucra espacios privados y otros públicos protegidos, el texto legal en el Congreso debiera incluso aclarar conceptos como zona apícola, capacidad melífera y carga apícola. Ello debiera ser realizado, dice Cortés, por una institución competente del Estado, que establezca la localización geográfica y el entorno de protección legal en relación con el tamaño de los apiarios; así como la definición de la carga apícola, donde se establezca el distanciamiento entre los apiarios.

Impulso estatal

No basta sólo con cambios en la ley. La idea sería que, una vez que se cuente con el respaldo legal, el Estado tenga un programa de fomento más intenso. El mismo especialista propone, como una forma de incentivar a que los productores participen, es que se establezcan beneficios tributarios y bonificaciones como la que asigna el DFL 701 para la forestación, que en este caso sería con fines melíferos.

Otra de sus propuestas, enfocada a incorporar a pequeños propietarios del secano costero a la apicultura agropecuaria, podría ser bonificar en 50% el puntaje de postulación a los subsidios de la Ley 18.450 de fomento al riego para establecer una plantación forestal o arbustiva con capacidad melífera, con cabida máxima de 30 ha, o bien una cláusula especial en dicha Ley.

Otro elemento que se requiere es la modernización de la producción e introducir mayor desarrollo tecnológico para que de esa forma la miel chilena tenga un reconocimiento internacional y se transforme en una marca. Cortés se refiere a manejos como el uso de doble reina, por ejemplo, que podría incrementar la producción entre 60 y 100%, lo mismo que con la trashumancia intensiva, la producción simultánea de los productos de las abejas, la diferenciación botánica o geográfica o el envasado en origen.

Fuente: Economía y Negocios/ El Mercurio